El acto de dejar ir
Crítica a The Life of Chuck (2024) por Sigifredo Escobar Gómez
Ayer soñé con mi abuelo, aquel que no llegué a conocer más que por fotos y los relatos de mi madre. Al soñar con él le permití vivir de nuevo. Según la tradición hindú, mientras Vishnú duerme, sueña con mundos, cada ser, cada estrella y cada tiempo surgen de su ensoñación. Cuando despierta, el universo entero se desvanece. ¿Mi abuelo habrá sido consciente de que iba a dejar de existir? ¿o mi despertar lo tomó por sorpresa como aquella mañana hace 38 años?
En la película, Marty Anderson nunca supo que su existencia era solo un susurro en un cerebro agonizante, pero su amor por Felicia fue tan real como el aire en mis pulmones. Aunque, es posible que yo mismo y tu que me lees, somos solo una noche de pesadilla de ese nieto que no llegaremos a conocer, y antes de terminar este texto, la vida se habrá escapado.
La película inicia contándonos la historia al revés. Iniciamos con un tercer acto que podría parecer un capítulo de Black Mirror. Vemos la vida de Marty Anderson desarrollarse mientras el mundo se acaba. En este fin del mundo, un personaje enigmático aparece en todas las publicidades, Charles Krantz, o Chuck para los amigos. El mundo se acaba, nadie sabe por qué. Algunos hablan del cambio climático, Sam Yarborough opina que la tierra se ralentiza. Todo son conjeturas, lo único cierto es que nadie conoce a Chuck. Lo único cierto es que el universo está enfermo y se apaga. Marty ve a Felicia por última vez y entiende que es momento de dejarla ir. Y este es el tema de la película: dejar ir.
En los demás actos, conocemos quién es ese enigmático personaje, Chuck. El tercer acto sirve como antesala, porque nos presenta personajes, situaciones, lugares y objetos que han sido relevantes para Charles. La película es explícita en su premisa: existe un universo en cada uno de nosotros. Como Vishnú mientras sueña, en nuestra cabeza hay un universo entero lleno de todos aquellos que hemos amado u odiado, los lugares que hemos conocido y los objetos que hemos atesorado. Aunque lo más interesante es el acto de decir adiós. Chuck debe decir adiós a sus padres siendo un niño, a su hermana antes de nacer, a su abuela quien le enseñó a bailar y a su abuelo quien le cortó las alas. Al final, Chuck debe decirle adiós a sí mismo y dejarse ir. La vida se convierte en eso, en dejar ir.
Visualmente, el segundo acto parece menos cuidado que el tercero. Aparentemente grabado en un estudio, con calles y edificios falsos. Una escenografía más cercana al teatro que a una película de Hollywood. Esto me recordó la película Sofía y el terco (2012), donde los sueños de la protagonista eran representados como pequeños momentos en una obra. Este cambio visual me hace pensar que del acto tres al dos no salimos de la cabeza de Chuck, sino que estábamos explorando otro lugar: sus recuerdos. Cuando recuerdas, ¿qué tanto detalle aparece? ¿Recuerdas las fachadas tal cual, las calles, o si pasaron carros? Lo importante era el baile, la batería, su compañera y esa esquina; lo demás, era solo utilería.
La vida de Chuck es una película fácil de digerir y entender. No se necesita hacer un doctorado en cine o haber visto todo el cine snob europeo. Se siente como una conversación con amigos en un bar o un café sobre la vida, sobre la muerte, el espacio y por qué no, filosofía. La película nos invita a pensar que lo que llamamos “realidad” podría no ser más que un sueño que no nos pertenece del todo. La vida de Chuck se presenta como un paréntesis que permite preguntarnos por el sentido de nuestra existencia y recordarnos que todo cuanto tenemos en algún momento se irá, incluso nosotros mismos. Dejar ir es parte del proceso, unos universos nacen y otros s